Valorización de residuos: Una oportunidad actual y de futuro

María Elena Ayala E. – EqD consultores

El desarrollo de las sociedades ha supuesto un importante desgaste del capital natural y agotamiento de recursos que pone en riesgo la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras. Además, el proceso de urbanización que viene delineando la transformación económica, política y social de las sociedades es un factor detonante que invita a replantear el actual modelo lineal de producción y consumo basado en “tomar-hacer-usar-desechar”.

 

Se estima que el 66% de la población mundial vivirá en zonas urbanas al 2050. Las ciudades serán responsables por la generación de 2,2 billones de toneladas de desechos sólidos urbanos al 2025, el consumo de materiales en las ciudades se incrementará de 40 billones de toneladas en 2010 a 90 billones de toneladas en 2050, la explotación de recursos se duplicará entre 2015 y 2030, y las ciudades serán responsables por el consumo de 2/3 de energía y la generación del 70% de emisiones de CO2  (WEF, 2018).

 

Este desgaste y la presión del desarrollo urbano sobre el capital natural y medio ambiente han dado paso a un nuevo paradigma de producción y consumo como la Economía Circular, que propone una alternativa más sostenible para optimizar el uso de los recursos, alargar su vida útil manteniendo su valor en todo momento, y conservar y renovar el capital natural.

 

La valorización de residuos es uno de los principios de la Economía Circular, donde a partir de la jerarquía establecida a nivel internacional, los residuos, desechos y productos descartados tienen potencial de ser reparados, reusados, remanufacturados, reciclados o usados para valorización energética de manera que se conviertan en insumos de un nuevo proceso productivo o de consumo. La oportunidad que tienen las economías y puntualmente las ciudades de llevar a cabo dichos procesos de valorización es cada vez más significativa, pero es fundamental que las autoridades y ciudadanos estén conscientes del peligro que supone continuar con el modelo actual de desperdicio de recursos.

 

Por un lado, el papel de las autoridades juega un rol esencial porque a través de política pública pueden generar la normativa, incentivos y sanciones necesarias para que los ciudadanos y sectores productivos incorporen prácticas sostenibles, pero al mismo tiempo es importante que exista corresponsabilidad por parte de todos los actores de la economía.

 

En el sector plástico, por ejemplo, uno de los que mayor cantidad de residuos genera, no es suficiente con desarrollar normativa y campañas que favorezcan el reciclaje (se estima que el 2050 habrá más plásticos que peces en los océanos, ya que más de 8 millones de toneladas de plástico ingresan a la corriente de desechos cada año y el 91% de esta no se recicla y va directo a vertederos acabando finalmente en el mar). La solución debe ser integral y para esto es necesario involucrar a los demás actores. Desde el productor se debe considerar principios como la “responsabilidad extendida al productor”, que establece que quien contamina paga y se hace cargo de la valorización de los residuos, y la prohibición en la utilización de plástico de un solo uso. Desde el consumidor se debe reducir la generación de desechos plásticos y preferir productos de plástico reciclable.

 

Otro sector altamente contaminante como el de aparatos eléctricos y electrónicos (genera aproximadamente 40 millones de basura electrónica en el mundo por año) requiere revertir el modelo bajo el cual se desarrolla para reducir la cantidad de desechos que genera, hacerlo más sostenible y disminuir el impacto ambiental y de salud pública que produce.  Este cambio se debe dar desde el inicio de la cadena productiva, donde a través del ecodiseño se evite la obsolescencia programada y sean productos fabricados con el mayor nivel de durabilidad que potencie el valor de los componentes y al final de la vida útil del bien, permita la valorización de sus componentes. A la par es necesario que el consumidor esté dispuesto a modificar su comportamiento hacia esquemas colaborativos donde en lugar de ser dueño del bien, busque compartir los servicios que los productos brindan con otros consumidores.

 

Casos como estos invitan a pensar, proponer y comprometerse con cambios en los sistemas productivos y de consumo que permitan reducir el impacto negativo de la actividad humana sobre el planeta. Para esto es necesario que cada actor de la economía desde su ámbito de acción se plantee cómo puede aportar y sumarse al cambio de paradigma.

 

Pero los beneficios de la Economía Circular y la valorización de residuos no solo se hacen evidentes en el menor impacto sobre la naturaleza, también están asociados a la oportunidad que tienen los actores de generar beneficios económicos. En el caso del productor, en base a la innovación incorporando principios circulares a sus procesos productivos y estableciendo nuevos modelos de negocios rentables (simbiosis industrial). Esto significa que las empresas a partir de la valorización de sus propios residuos (o residuos de terceros) pueden generar una importante disminución en sus costos de producción utilizando materia prima recuperada, a la vez que desarrollan negocios responsables y sostenibles. Según la Fundación Ellen Mac Arthur, si tan solo en la industria del plástico se reutilizaría este elemento, las empresas europeas podrían generar un ahorro de 105 mil millones de euros. En el caso del consumidor, el adoptar esquemas de consumo compartido o de reutilización de productos también le permitiría obtener una importante reducción en el gasto de consumo.

 

La coyuntura actual invita a los actores de la economía a que en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible tengan el incentivo de generar esquemas productivos y de consumo sostenibles, pero que a la par les permita capturar las oportunidades actuales y de futuro.


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